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Concert Reviews

Mi alma vieja será nieve, las canciones, inmortales (Cobertura del show de Sílvia Pérez Cruz en Buenos Aires)

Unas palabras sobre la última presentación de la cantante catalana en Buenos Aires.

Julieta Legrand··11 min read
Flyer del recital

No recuerdo muy bien cuándo ni cómo fue que llegué a la música de Sílvia en primer lugar. Intuyo que fue en el momento que empecé a escuchar mucha música iberoamericana y me obsesioné con géneros como el folk, el flamenco o la música popular. Es muy fácil perderse en ese mundo, la marea te lleva y es vasta. Lo que sí recuerdo fue cómo me hice fan: la escuchaba colaborar con artistas que me encantan como Valeria Castro, Rita Payés y Rosalía, esta última siendo la más reciente. Esto me llamó mucho la atención al igual que su Tiny Desk, y no podía no darle una oportunidad.

Fueron incontables las veces que, recién independizada y ajustándome a una vida nueva, me acompañó en caminatas mañaneras calurosísimas. En otros momentos también. La voz de Sílvia es una voz geográfica. Es una voz atravesada por lugares, recuerdos y una historia que parece mucho más extensa que la de quien la canta. En ese sentido me recuerda a Zach Condon de Beirut. En él, hay una geografía muy marcada por la península balcánica: no necesariamente como una reproducción literal de sus músicas o paisajes, sino como un imaginario que atraviesa las canciones y termina convirtiéndose en parte de su identidad sonora. Su voz parece llevar consigo una Europa oriental hecha de memoria, viaje y lugares imaginados, por qué no. Con Sílvia me sucede algo parecido, aunque la geografía es otra: la de Iberoamérica. Su voz tiene una familiaridad imposible de reducir a un país en concreto. Es una geografía más amplia, hecha de acentos, melodías, palabras, paisajes, formas de querer y recordar. Si Zach canta desde una cierta idea de los Balcanes, ella parece hacerlo desde una Iberoamérica que tampoco necesita ser nombrada para gritar presente. Son voces que no pertenecen únicamente a un lugar, cargan con él. Y siento que ahí está parte de la capacidad que tienen para acompañar, en que escucharlas produce la extraña sensación de reconocer un territorio en el que nunca estuvimos. Quien les escribe jamás pisó un aeropuerto en su vida, pero crean que viajó por todo el mundo muchas veces. Si se me permite una última observación: cuando busqué su edad me sorprendí. Había imaginado a alguien mayor. No por su apariencia, lo contrario. Sino porque hay algo en su forma de cantar y de componer, las historias que cuentan sus canciones parecieran venir de mucho más atrás. Todo está relacionado y hace sentido.

Créditos: Lurdes R. Basolí

Sílvia Pérez Cruz publicó su décimo álbum de estudio, Oral_Abisal, el 8 de mayo de este año. El mismo cuenta con 15 canciones y propone una dualidad característicamente geminiana que invita a oscilar entre dos mundos, no necesariamente opuestos. Se necesitan el uno al otro. Por un lado, lo “oral” remite a la voz, la palabra, la memoria y las tradiciones musicales que se transmiten de una generación a otra. Por otro, lo “abisal” hace referencia a aquello que se encuentra en las profundidades: lo desconocido, lo íntimo y lo difícil de nombrar. A lo largo del disco, estas dos dimensiones dialogan entre sí. Las canciones parten de elementos reconocibles de la música de raíz y de la canción de autor, pero se abren también hacia sonoridades más experimentales y atmosféricas.

Entiendo que esta apertura hacia la experimentación pueda resultar controversial para aquellos que esperan algo más tradicional, particularmente por el historial musical de Sílvia. Desde esta perspectiva, algunas de sus decisiones pueden percibirse como un alejamiento de aquello que caracteriza su obra. Sin embargo, esta lectura puede pasar por alto un aspecto fundamental: estoy segura de que su experimentación nace precisamente de un conocimiento profundo de la tradición. Ella tiene una relación tan íntima y estrecha con la canción, la música popular y las tradiciones que, más que abandonar la tradición, se da el espacio y se pregunta a sí misma qué puede hacerse con ella, hasta dónde puede transformarse y qué nuevas posibilidades aparecen cuando se la lleva fuera de sus límites habituales.

Una de las primeras cosas que pensé durante mis primeras escuchas del disco fue que necesitaba ser escuchado en vinilo. No solamente por una cuestión de sonido o de formato físico, sino porque la narrativa del disco pedía una escucha diferente: detenerse, darle tiempo y recorrer cada una de sus partes. Lo interesante es que esta percepción personal coincide con la manera en que Sílvia Pérez Cruz concibió el proyecto. La artista afirmó en entrevistas que el vinilo es “el formato más fidedigno al proyecto”, ya que permite separar físicamente los dos universos que componen el álbum: Oral y Abisal. Mientras que el primero representa un espacio más cercano, cálido y conocido, el segundo se adentra en un territorio más profundo, onírico y desconocido.

Esta separación hace que el vinilo no sea simplemente otra manera de escuchar el álbum, sino parte de su propia narrativa. La artista explica que este formato introduce un ritual: detener el tiempo, elegir en qué estado se encuentra uno y decidir si quiere entrar en el mundo de Oral o en el de Abisal. En la versión digital, en cambio, ambos mundos se intercalan, creando un movimiento constante entre uno y otro.

Créditos: https://silviaperezcruz.com/

Por eso, mi primera impresión al escuchar el álbum, la idea de que era un disco para tener en vinilo, no estaba necesariamente relacionada con una nostalgia por el formato físico, sino con la propia estructura de la obra. Oral_Abisal está pensado para ser recorrido, no simplemente reproducido. El vinilo convierte esa narrativa en una experiencia física: hay que elegir un lado, comenzar el viaje, dejar que termine y, eventualmente, darlo vuelta para entrar en el otro mundo. Así, el formato se convierte en una extensión de la obra y refuerza la dualidad que Sílvia propone.

Todo esto también me hizo pensar inmediatamente en Hounds of Love de Kate Bush, un disco en el que las dos caras también funcionan como espacios musicales y narrativos muy diferentes. En la primera encontramos canciones relativamente independientes, mientras que la segunda, The Ninth Wave, se convierte en una única obra conceptual que sigue a una mujer perdida en el mar durante la noche. Hace años que escucho ese disco y sin embargo no me percaté de esto hasta que compré el vinilo recientemente. Quizás nunca nos demos cuenta de ciertas decisiones que los artistas toman al pensar un disco si no las señalan explícitamente o si no tenemos la posibilidad de escucharlo en el formato para el que fue concebido. Y, en un momento en el que cada vez menos gente tiene acceso a esos formatos, hay algo que corre el riesgo de perderse para siempre: detalles que estuvieron ahí desde el principio, pero que quizás nunca lleguemos a saber que estaban, me incluyo.

En ambos casos, entonces, dar vuelta el vinilo no es un gesto puramente mecánico: significa entrar en otro universo. La limitación física del formato (tener que detenerse y dar vuelta el disco) se convierte en parte de la experiencia artística y lo que podría parecer una limitación técnica termina funcionando como una herramienta narrativa: obliga al oyente a hacer una pausa y marca físicamente el momento en que comienza una nueva etapa del álbum. El vinilo no solamente contiene la obra: de alguna manera, también participa en su estructura. Dar vuelta el disco es dar vuelta la página. No quiero cerrar esta idea sin recomendar esta nota sobre la música en formato físico.

Créditos: Brutos Día

El show empezó con un cover de Yerba Buena cantada acappella. Su voz quedó completamente expuesta desde el primer momento. Sostengo siempre que los comienzos en la música funcionan como una declaración de intenciones: antes que cualquier arreglo o puesta en escena, estaba ella y su manera de cantar. Al terminar, remarca unos versos de la canción:

A las flores y al amor
Hay que saberlos cuidar
Flores sin agua se secan
Amor sin besos se va

Si bien esta gira se enfoca en presentar su último disco, del cual tocó alrededor de once canciones, me gustaría detenerme en esas canciones que eligió tomar prestadas y llevar a su propia voz. Creo que los covers siempre funcionan como ventanas hacia el universo musical, como pistas sobre las voces, las canciones y las tradiciones con las que dialoga el propio artista.

Pequeño vals vienés, el poema de Federico García Lorca que Leonard Cohen convirtió en canción, encontró en su voz una nueva forma de gravedad. Antes de interpretarla, Sílvia recordó que este año se cumplieron 90 años del asesinato de Lorca. Fue uno de esos momentos del recital en los que el paso del tiempo pareció reducirse: Lorca, Cohen y ella cantando la misma canción desde lugares distintos.

Otro de los covers fue Piedra y camino, con Juan Falú en la guitarra, a quién ella describió como “el mejor guitarrista del mundo”. Es la segunda vez que escucho esta canción en vivo este año, la mexicana Silvana Estrada también la incluyó en su setlist. Esta elección reitera su vínculo con el folklore latinoamericano, particularmente con la tradición musical argentina. No es, de todos modos, una referencia aislada: Sílvia y Falú tienen un disco juntos, un vínculo que vuelve todavía más natural la presencia de esta canción en su repertorio. La catalana explicitó más de una vez que su música está muy atravesada por nuestro imaginario musical, particularmente su último disco.

La geografía de la cual hablé previamente apareció en las lenguas del recital: Sílvia cantó en francés, portugués, catalán y español. Pasó de un idioma a otro con tal naturalidad que en ningún momento se sintió como una ruptura dentro del show. De su disco con Salvador Sobral interpretó Ben poca cosa tens y L’amour reprend ses droits. En portugués, Sílvia interpretó junto a la cantante folclórica argentina Luna Monti É triste viver sem seu amor, de su último disco. La presencia de Monti sumó además otra voz al recorrido del recital, que por momentos dejó de ser una exhibición individual para convertirse en un diálogo entre intérpretes.

Entre canciones y gestos, la política también estuvo presente a lo largo del recital. Hubo algunos dardos al gobierno argentino (y a la derecha en general), un aplauso dedicado a Cuba, apenas unos días después de que Sílvia hubiera tocado en La Habana en medio de la crisis que atraviesa la isla. El concierto cubano, gratuito y realizado casi sin depender de la electricidad, había sido presentado por la propia Sílvia como una forma de acompañar al pueblo cubano desde la música. Además hubo un momento para Ruben Rada, fallecido recientemente. Entre todos los presentes aplaudimos y cantamos para recordar al músico uruguayo, y durante unos segundos el recital se detuvo para reconocer a una figura cuya música también forma parte de ese mapa latinoamericano que atraviesa su repertorio. Fue un gesto breve, pero especialmente significativo dentro de una noche en la que las referencias musicales parecían extenderse mucho más allá de sus propias canciones. Fueron intervenciones pequeñas, repartidas a lo largo del show, pero suficientes para dejar en claro que el repertorio y la misma también dialoga con nuestro presente.

El setlist recuperó clásicos como Mechita (con la señora que estaba sentada al lado mío salimos disparadas de la butaca pues es una increíble canción) o Gallo rojo, gallo negro ambas de su inefable Vestida de Nit. Entre Capitana y Golpe bajo, Sílvia se detuvo para pedir que “cuidemos la cultura porque la cultura nos cuidará a nosotros”. Fue una de las muchas intervenciones más explícitamente políticas de la noche. Después llegó Golpe bajo, que me recordó muchísimo a Buika con su falsa moneda y a La rumba del perdón también. En ambas la voz ocupa todo el espacio y convierte la traición y la herida profunda en materia musical.

Luego de más de dos horas, Sílvia y sus músicos cerraron el recital con Mañana y un cover de Cucurrucucú Paloma que me armó y me desarmó en todo lo que duró la interpretación. No es fácil ser una chica Almodóvar, llegar a Caetano y a esa canción por Hable con ella (2002) y terminar escuchándola, años después, en vivo y en la voz de una artista de la talla de Sílvia Pérez Cruz.

Humilde retrato con mi celular, desde la platea

Al salir del teatro me quedo a esperar a Sílvia. Fui sola allí pero volví acompañada como siempre me ocurre. Hay algo particularmente hermoso de la música en vivo: incluso cuando una llega sin conocer a nadie, termina rodeada de personas que comparten las mismas canciones, las mismas referencias y, por unas horas, una forma parecida de mirar el mundo. Quizás esa sea una de las razones por las que no me molesta ir sin compañía, porque sé que, de alguna manera, nunca voy a volver sola.

Mientras nos abrazamos largo y tendido, le agradezco por su música y por el show. Me quedo hablando un rato con otros fans y finalmente con mi vinilo firmado bajo el brazo, cruzo la 9 de Julio y me voy a casa. Buenos Aires sigue con su ruido habitual, como si en el teatro no acabara de pasar nada extraordinario. No aguanto a llegar y le escribo a mis amigas mientras espero el 59.

Esto no termina acá. Más pronto de lo que creen leerán un track por track de Vestida de Nit. Vayan escuchándolo.

Cuando yo muera amado mío
No cantes para mí canciones tristes
Olvida falsedades del pasado
Recuerda que fueron solo sueños que tuviste
¡Qué falsa invulnerabilidad la felicidad!

Tags#Folk
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Written by
Julieta Legrand

I write about music and spend a lot of time trying to explain why an album is worth it.

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