Tacuanoise 8: Segunda edición montevideana
Crónica a dos voces del festival uruguayo Tacuanoise, en su segunda edición montevideana.

La primera dificultad de cubrir un festival de música en otro país es llegar a él. La segunda es descubrir qué vale la pena contar. La primera la estoy resolviendo ahora mismo, arriba de un barco. Estoy bastante nerviosa. Me cuesta identificar por qué, los motivos abundan y yo me altero fácil. Me reitero internamente que del otro lado del río me espera Valentina y me tranquilizo. Estoy yendo a Uruguay, hacia un festival que conocí hace relativamente poco y una escena musical que todavía no sé cómo mirar. Mientras el barco avanza, pienso que quizás cubrir un festival no sea tan distinto a ir a uno como espectadora: probablemente vayas a ver uno o dos artistas puntuales y llegás sin saber exactamente qué te vas a encontrar, pero te dejás llevar por las bandas, la gente y lo que sucede alrededor, y esperás que, en algún momento, aparezca algo que te sorprenda. Y eso siempre sucede, sin excepción.
Vale me recibe en la terminal de Tres Cruces y luego de hacer avistaje de Copsas (una actividad que estoy muy segura de que no figura en ninguna guía de turismo montevideano) nos vamos al departamento para dejar los bolsos antes de ir a recorrer. Era mi primera vez en Montevideo y durante las primeras horas mucho me resulta familiar aunque extraño al mismo tiempo. Las calles, los edificios, los carteles, los colectivos: todo tiene algo de Buenos Aires, lo suficiente como para sentir que estoy cerca de casa, pero con sus pequeñas diferencias que me recuerdan a cada rato que, efectivamente, crucé el río.
Mi amiga es una guía turística excelente. Caminamos, hablamos, paramos a comer algo y yo de mientras intento registrar mentalmente todo lo que veo. Todavía no llegué al festival y sin embargo, ya estoy empezando a entender algo del viaje: para cubrir Tacuanoise no alcanza con ir al lugar donde van a tocar las bandas. También hay que conocer un poco el mundo del que vienen. Después de todo, una puede cruzar un río para cubrir un festival, pero no puede cruzar los brazos y esperar que la historia se explique sola. Antes de ser un festival en Montevideo, Tacuanoise empieza más al norte, en Tacuarembó. Y ahí aparece una referencia que, hasta ese momento, era mi principal vínculo con la ciudad: la película Miss Tacuarembó. Aquella ciudad, para mí, no era mucho más que el escenario de la película de Martín Sastre protagonizada por Natalia Oreiro. Una Tacuarembó medio imaginada: pueblerina, kitsch, exagerada, atravesada por el deseo de escapar hacia algo más grande.
El Tacuanoise es un festival de música independiente nacido en Tacuarembó, Uruguay. Surgió porque un grupo de músicos y artistas quería generar un espacio donde las bandas independientes de la zona pudieran tocar, encontrarse con su público y desarrollar una escena propia. Tiene una identidad indie y autogestiva muy imponente que suele combinar música con propuestas visuales y poéticas. Funcionando como un puente cultural, la idea es conectar la escena de Tacuarembó con Montevideo y, cada vez más, con artistas de Argentina. El festival comenzó en 2022 y ya lleva ocho ediciones. Este año, la octava edición se realizó en Montevideo, en la sala Rondeau, y contó con Dani Umpi, Julia Lunar, Incluso Si Es Un Susurro Soviético, Julen y La Gente Sola, además de las bandas argentinas Los Subtítulos y La Real Academia. Julen es una de las bandas más conocidas del indie uruguayo y su cantante ha sido fundamental para la organización del festival, además de colaborar en temas y producción de Julia Lunar e Incluso. Las bandas argentinas ya forman parte de las ediciones del festival, habiendo pasado en anteriores años artistas como El Nota, El Club Audiovisual y Las Tussi.
Además, por primera vez y vinculado a lo anterior, Tacuanoise llegará a Argentina. Está anunciada una edición en La Plata el 19 de septiembre de 2026, en Casa Unclan.

Es la primera vez que Julieta sale de Argentina, y me enorgullece que sea motivada por un artista (norte)uruguayo: Dani Umpi. Entre charla y charla, un día me preguntó si vi Miss Tacuarembó. Tuve que levantar mi cédula del piso al decirle que la vi en el cine cuando la estrenaron, y que era fan del escritor de la novela en la que se basó el director de la película. ¿Lo conocía? No. Le recomendé que lo escuchara, porque además de escritor y artista plástico es cantante. Poco sabía yo que estaba creando un monstruo y que la estudiante iba a superar a la profesora. Meses después, Julieta viaja a Montevideo para poder ver a Dani Umpi en vivo.
Poco a poco se fue adentrando en el universo tacuaremboense y descubrió que numerosos artistas y productos (el agua tónica Paso de los Toros) surgieron en ese departamento.
Tacuarembó vio nacer o crecer a varios de los grandes artistas de nuestro país: Carlos Gardel, Circe Maia, Mario Benedetti, Tomás de Mattos, Eduardo Larbanois, Numa Moraes, Marta Gularte, Carlos y Washington Benavides, y Eduardo Darnauchans. El “Darno” ha sido una de las grandes inspiraciones y referencias del Tacuanoise. Sin ir más lejos, la segunda edición montevideana del festival hace referencia a esta figura a la vez que hace un guiño al disco 2 de Mac DeMarco. Según explicaron el día del anuncio del cartel, el afiche (y el festival en general) “nace de un cruce generacional y estético inesperado pero profundamente conectado: la unión de dos formas de entender la melancolía, la simpleza y la intimidad de la canción”.
Todos los afiches del festival fueron creados por Gabriel Ameijenda y reflejan una mezcla de referencias de artistas nacionales e internacionales que van de la mano con la impronta del estilo de músicos que se presentan en cada edición. Tomando como punto de partida a la Velvet Underground, The Smiths, Joy Division, Nirvana, Melvins o Sonic Youth, Ameijenda logra “uruguayizarlos” para acercar al público que escucha esas bandas (los invito a buscarlos en la página del festival: son increíbles, así como todo el trabajo del ilustrador). Pero la idea detrás de esto no es para nada superficial: en esta edición, y según como manifestó el propio festival, se propone un “puente estético: la estética de la cercanía. Si Mac DeMarco canta desde la habitación de su casa con una guitarra gastada, el Darno siempre habitó la canción desde la cercanía acústica, la vulnerabilidad desnuda y esa bohemia despojada de artificios. La guitarra criolla sustituye a la eléctrica lo-fi, recordándonos que la melancolía rioplatense y el desencanto joven del norte comparten un mismo idioma emocional’’.
El festival comenzó puntual, a las 19 horas, y desde la organización tomaron la decisión de hacer algo que todas deberían hacer: no anunciar el orden de las bandas. El festival se organiza como una experiencia integral: había que vivirla desde el comienzo. Ni bien se entró a Sala Rondeau, se podían ver dos instalaciones con el relieve de Tacuarambó donde se proyectaban las visuales.
El punto de partida lo dio el espacio poético “Entre el micrófono y la penumbra”. Las poetas Mayela Arteaga, Rocío Medina y Santiago Pereira recitaron principalmente sobre la melancolía y la música, mencionaron la histórica fecha de Nick Cave en Montevideo construyendo otro puente entre artistas extranjeros y la idiosincrasia uruguaya como lo hace el festival, y no faltaron las referencias al Darno y Tacuarembó. Sobre esto último, es importante resaltar que el festival quedó grabado en excelente calidad en YouTube y fue pensado con la idea de que la transmisión pudiera verse en ese departamento, donde se gestó todo, reivindicando una vez más la importancia de la conexión del “interior’’ con la capital (recordándome el clásico ‘’Morir en la capital’’ del gran Pablo Estramín). Además, quedó como un registro histórico sobre uno de los festivales independientes más importantes del país.

Como habrán notado, esta crónica será a dos voces, las de Julieta y Valentina. La mirada de esta crónica se concentra particularmente en tres artistas que trazaron desde el escenario (junto a otras bandas previamente mencionadas) un recorrido posible por la noche: Incluso Si Es Un Susurro Soviético abrió una puerta que Julia Lunar supo atravesar desde la intimidad y Dani Umpi terminó convirtiéndola en celebración. Además de lo anterior, los tres artistas tienen el punto en común más relevante: todos son de Tacuarembó.

Julia Lunar
El mundo está cambiando y no me siento muy bien
Natalia Soboredo, la artista detrás de Julia Lunar, contó antes del festival que le costaba incluso hablar de sí misma y del disco. La idea de esta presentación era que estuviera rodeada por músicos y amigos que forman parte de su recorrido, particularmente Federico Morosini y gente de Incluso Si Es Un Susurro Soviético. Ella misma describió a Morosini como una especie de “escudería” para la presentación del disco. Para ella fue especialmente importante porque no era una fecha más: fue la presentación de Nostalgia Digital, su disco debut de 2025, editado por Little Butterfly Records.
La propuesta de Julia Lunar está definida por ellos mismos como “bedroom pop criollo”: canciones nacidas originalmente en un dormitorio, con guitarras criollas, indie pop, pequeños elementos de folk y una estética muy marcada por la nostalgia de los 90 y los 2000. Los propios organizadores lo señalaban como uno de los grandes atractivos de la noche, junto con Dani Umpi.
Mi primera Encarta ya no funcionó: no pude encontrar nada de vos
De lentes y utilizando luces tenues, Julia Lunar acentuó la intimidad de sus canciones. El set transportó al público a la habitación de su adolescencia o al cyber del barrio, tocando temas con los que cualquier persona que creció en la época en la que el internet estaba en un espacio físico (en un cubículo del cyber o en el escritorio de tu casa, y no constantemente en el bolsillo de tu pantalón) se puede identificar.
La nostalgia no solo evoca dispositivos, recursos, aplicaciones o formas de comunicación que ya no existen más sino también la añoranza de una conexión más genuina y real, donde el tiempo virtual compartido a través de una pantalla era preciado y valorado por el hecho de que no siempre se podía tener acceso a él, logrando un equilibrio entre realidad y virtualidad que en el siglo XXI parece existir cada vez menos: aunque suene paradójico, el exceso de comunicación genera aún más desencuentros y confusiones. Aleja en vez de acercar.
Julia Lunar nos transportó a una época analógica y menos hostil, viaje en el tiempo incrementado por la honestidad de Natalia no solo al dirigirse al público sino también al verse visiblemente emocionada cuando cantó junto a Julen, seguramente no solo por el éxito del festival sino también por lograrlo con sus amigos y generar un sentido de pertenencia, de comunidad, entre sus colegas y también entre los asistentes a la fecha.
La honestidad y vulnerabilidad de su prosa acompañan la dulzura de su voz, que logró un buen contraste con la potencia de su banda.
Créditos: Valentina Sander
Incluso si es un susurro soviético
Las casas silenciosas
Todavía me acuerdo vívidamente de una de las primeras veces que Vale vino a casa y mientras nos hacía un té ella me habló de la dictadura uruguaya, con todo lo que implica. Hasta ese momento no tenía idea. Como argentina, crecí con una idea bastante presente de nuestra propia dictadura, de los desaparecidos y de la huella imborrable que dejó en nuestro país, pero nunca me detuve a pensar en lo que había ocurrido en los países hermanos. Me sorprendió descubrir cuánto de esa historia se parecía a la nuestra y al mismo tiempo, cuánto desconocía. Creo que por eso cuando escuché Uruguayan Sadness, me llegó de otra manera. La estética post-punk, los sonidos fríos y melancólicos y esas referencias constantes a la URSS y a bandas como Molchat Doma (este subtítulo, que le da el título a la octava canción del disco, es la traducción literal del nombre de aquella banda) construyen una atmósfera que a priori parece muy lejana. Pero cuanto más lo escucho, más siento que esa tristeza no está tan lejos de nosotros. El imaginario soviético, la soledad, el abandono terminan mezclados con una memoria bastante limítrofe: la de las dictaduras, los desaparecidos, familias marcadas por la violencia política y las historias que heredamos incluso sin haberlas vivido. Por eso me conmovió mucho: al disco empecé escuchándolo como algo muy ajeno, desconociendo la afamada tristeza uruguaya, pero terminé encontrando algo familiar. Si de memoria hablamos, las fronteras entre Uruguay y Argentina se vuelven muy pequeñas. Hay dolores que pertenecen a un país, pero inevitablemente terminan atravesando al otro (si se tiene la empatía suficiente para escucharlos como propios). Si del set hablamos, pasó por varios climas, desde Tristeza Uruguaya de su nuevo disco Uruguayan Sadness, pasó por Wave Syndicate, del disco Make Uruguay Depressive Again (2024)
El dolor que soportamos
La fecha de Incluso fue la última antes del lanzamiento de su último disco de estudio: Uruguayan Sadness, lanzado tres días después del festival, nada más y nada menos que el 25 de agosto, el Día de la Independencia de Uruguay. Esta fecha no fue elegida al azar y, teniendo en cuenta el contenido del disco, parece querer interpelarnos: ¿qué tanta independencia y libertad tiene el pueblo uruguayo si aún no se encontraron a todos los detenidos desaparecidos, qué tanta libertad existe si los torturadores, violadores y asesinos siguen sueltos e impunes, protegidos e infiltrados entre las familias a las que les hicieron tanto daño?
El single “Tristeza Uruguaya”, tema con el que abrieron su fecha, fue escrito en memoria de Luis Alberto Camacho, el tío de Federico Cáceres. Fue asesinado con tan solo 21 años en 1976 y sus restos fueron repatriados recién en 2003. Desde sus comienzos, la banda toca el tema de la tristeza uruguaya, pero me parece un punto de quiebre importante y necesario que se ponga sobre la mesa algo que permanece latente en la sociedad: la imagen del uruguayo gris, triste, no surge de la nada. La represión de la dictadura y en los siguientes gobiernos democráticos, el silencio de los gobernantes de cualquier partido político, generan una sensación de desamparo e impunidad que explica mucho la tristeza casi inherente del uruguayo. Como expresó la banda al lanzar la canción, lo acontecido en la dictadura ‘’es una herida gris en nuestra identidad que se transmite a través del silencio y los huecos familiares, recordándonos que siempre seremos un pueblo un poco triste’’. La melancolía no es una pose ni una búsqueda estética, sino que es un reflejo de la sociedad. Como nieta de un preso político, la canción me hace llorar, al igual que ‘’Las espinas de las flores que dejaste para despedirte de mi’’. Celebro que una banda que cada vez es más popular reflexione sobre los estragos que hizo la dictadura en la sociedad y que lo vincule con una característica que siempre se asocia con el uruguayo, pero sin profundizar en su trasfondo.
El set comenzó con una versión acústica del último sencillo de su nuevo disco: ‘’Tristeza Uruguaya’’. Esta elección fue ideal para marcar el inicio a su nueva era, más madura, personal y reflexiva. Continuaron con ‘’La noche se hizo para llorar’’, estreno en vivo de otra de las canciones de Uruguayan Sadness. La energía fue en ascenso hasta terminar con ‘’Policía’’, hit de su icónico disco Make Uruguay Depressive Again. Fue recibida con alegría por el público, que la coreó, saltó y bailó, como forma de abrazo y agradecimiento a los integrantes de la banda y gestores del festival.
Créditos: Incluso si es un susurro soviético
Dani Umpi
Montevideo me dijo algo de ser yo misma, pero no escuché bien
Dani Umpi fue presentado como uno de los dos grandes nombres del Tacuanoise 8, y además tenía un peso simbólico especial: el festival lo reivindica como parte del legado artístico de Tacuarembó.
Su recital me dejó una sensación difícil de verbalizar, porque sentí que no estaba simplemente viendo a un artista tocar, sino que estaba entrando un poco en su mundo. Había algo muy libre y espontáneo en la forma en que se movía y en su vestuario. Por momentos era gracioso, por momentos un poco caótico, pero justamente eso hacía que se sintiera muy real. Y esa energía también se podía ver mucho en el público: la gente estaba muy emocionada, cantaba y bailaba dejándose llevar por lo que estaba pasando. Había una sensación de alegría y de mucho amor que atravesó todo el recital. Creo que eso fue lo que más me quedó, esa sensación de estar frente a un artista que disfruta muchísimo lo que hace y que logra transmitir esa emoción a las personas que lo están viendo.
Su set recorrió distintas zonas de su discografía, sin permanecer demasiado en cada una. Comenzó su set con “Mucho para Dar”, abriendo así una puerta hacia atrás, hasta Perfecto (2005), su álbum debut. También, interpretó “Cleopatra entrando a Roma” del impecable Lechiguanas (2017), mostrando cuánto puede desplazarse Umpi entre distintas formas del pop sin perder la identidad propia. El recorrido fue más caprichoso que cronológico: canciones de diferentes momentos aparecieron mezcladas con una performance que hacía que cada tema pareciera pertenecer al presente. Además, su pareja Goro, se subió al escenario para cantar con él, sumando otra capa de intimidad y celebración a este hermoso recital mega performático. El cierre fue con “La Yuta” de Lechiguanas, donde todo terminó de desbordarse con mucho baile, gritos y una sala convertida en fiesta, dejando el festival en su punto más celebratorio.
Estás en la realidad de la teatralidad
A Dani ya lo había visto numerosas veces (menos de las que desearía), es un artista que me ha acompañado desde la infancia y que siempre admiré, no sólo por su carrera musical sino también por su literatura y obra plástica. Esto es importante remarcar porque hasta el 4 de octubre podrán visitar una retrospectiva integral de Dani Umpi en el SUBTE que reúne treinta años de producción artística. Mi recomendación es que vayan mínimo dos horas y se dejen perder en el universo Umpi: vale la pena.
Verlo en el festival fue especial. No solo porque lo estaba compartiendo con Julieta ni porque estaba tocando en un festival oriundo de su tierra, sino porque, en mi opinión, fue una de sus mejores fechas hasta el momento. Es que a pesar de haberse consolidado como uno de los artistas pop más importantes de Uruguay, Dani Umpi nunca se conforma y sigue subiendo la apuesta. Es un verdadero showman: canta, baila, actúa. Derrocha performance y teatralidad.
Fue una fiesta. Un público que se mostró un tanto tímido al comienzo se fue acercando hasta quedar enfrentado al artista y bailar y cantar canciones que seguramente muchos de ellos no recordaban saber de memoria: son canciones memorables y que ya están en el inconsciente colectivo del público al que le atrae este tipo de música y performance.
Una imagen muy linda y representativa del amor con el que está hecho el festival fue que, en un momento, al darme vuelta, vi a todos los artistas que participaron en la fecha mezclados entre el público, emocionados no solo por el cierre de una noche en la que toda la organización salió bien sino también por estar disfrutando de una leyenda tacuaremboense. Bailaban y cantaban junto a un Umpi siempre disruptivo, innovador, enérgico, que nunca bajó de intensidad sino que fue en aumento hasta llegar al clímax con su himno queer “La yuta”. Fue el cierre perfecto y catártico, donde no hubo persona que no saltara, cantara y bailara.
Créditos: Valentina Sander
Cuando termina el último show, el de Dani, la sala comienza a vaciarse de a poco. Quedan los músicos, algunos espectadores y el movimiento habitual de quienes desmontan equipos luego de varias horas de música. La segunda edición montevideana del Tacuanoise llega así a su fin, después de reunir exitosamente propuestas de Tacuarembó, Montevideo y Argentina. Más allá de las diferencias entre los proyectos que pasaron por el escenario, el festival vuelve a cumplir con aquello que lo caracteriza desde sus comienzos: generar un punto de encuentro para una escena que encuentra en estos espacios la posibilidad de mostrarse, compartir y crecer.
Además de la ya mencionada edición en La Plata, la 9.ª edición del festival ya tiene fecha: 26 de diciembre en Tacuarembó, y sus organizadores ya están pensando en la celebración de la décima edición en 2027. Habrá que estar nuevamente presente y celebrar una de las propuestas más innovadoras de los últimos tiempos, que refleja autogestión, mucho cariño, pasión y compromiso por un proyecto que no para de crecer y mejorar con el tiempo.
I write about music and spend a lot of time trying to explain why an album is worth it.
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